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Participar, la gran tarea para el siglo XXI

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¿Manifestarse o desaparecer? Qué tragedia la del pueblo que se ve obligado a recordarle continuamente al poder político que están ahí para defender sus libertades y derechos.

“La gente piensa que perdemos el tiempo, tengo ganas de reengancharme y salir a la calle, apoyar a lo que hay que apoyar y la pluralidad, olvidarnos de las diferencias, la gente está padeciendo” declara un joven artista llamado Ricardo. “Nos han hecho creer que no es posible el cambio, nos han quitado la capacidad de creer en el cambio” y lo han logrado generando “inmovilismo, miedo y poca esperanza, así han conseguido la indiferencia total”.

Juventud desconectada se siente imposibilitada de zafarse ante un pasmoso futuro nada halagüeño para la gran mayoría, hecho a medida de codicias y supremacías. John Kenneth Galbraith economista canadiense, hijo de migrantes, escribe: “se ha paralizado la normal movilidad social de ascenso que fue durante mucho tiempo el disolvente del descontento (…) lo que era un paso que iniciaba el ascenso en la vida económica se ha convertido ahora en un callejón sin salida”. ¿Qué pálpito tienen al respecto púberes generaciones obnubiladas por la hiperrealidad servida en bandeja, manual de avance del tecnofeudalismo, donde abstractos oligopolios generan algoritmos de mando? Adolescentes que difícilmente se involucran en la “realidad a ras de suelo” y “se fijan en Tik Tok, en redes sociales en general, esos nuevos dioses, jóvenes que ven el ciberpunk y les encanta”, jóvenes incapaces en lo cotidiano de vislumbrar mensajes trasversales al mundo que les seduce y que en breve aterrizaran de sopetón en un orbe desconcertante por el que transitar a duras penas bajo el yugo de una tecnología, a veces persuasiva y otras muchas ineludible, la ciber versión del más puro capitalismo diseñada exprofeso para dirigir la carga de trabajo en cualquier espacio laboral donde aún se precise intervención humana como repartir productos de emporios empresariales, o regir al personal en inmensas naves almacenistas bajo la atenta mirada del intangible
“gran hermano”.

¿Dictadura de la nube e individualismo? ¿Qué fiscalización existe de las instrucciones dentro del programa informático generadoras de odio, exclusión y abuso laboral? “Intentaban avisarnos lo que el futuro nos podía traer” afirmaba el citado joven refiriéndose a presagios literarios, durante la concentración enunciada como: “Esta crisis que la paguen quienes más tienen”, cita convocada por el sindicato CGT (Confederación General del Trabajo), en la cual, tanto el autodefinido “muy autodidacta” Ricardo como la treintañera Erika, mostraron su decepción por la indolencia creciente hacia la cultura. “¡La gente ya ni lee! Nos están sumiendo en la nada que decía Michael Ende (escritor alemán autor de “La historia interminable”.

Una “nada” que se expande direccionada por taimados intereses e inapelables sentencias que engendran miedo e insatisfacción. “Muchas veces hay que forzarse” para no ser tragado por esa desafección, luchar por seguir alimentando el criterio, no cejar ni un segundo en esa labor terapéutica contra el adocenamiento y la apatía, la abolición de la memoria y el futuro esclavo. “En los tiempos modernos, el miedo generalizado se ha convertido en la ruina de la vida cotidiana, arrojándonos al nerviosismo, a la angustia y a una amplia variedad de preocupaciones o –en los casos patológicos- a los ataques de pánico, a las fobias o a los trastornos obsesivo-compulsivo”, dictamina el psicólogo y periodista estadounidense Daniel Goleman. «¡Que esta crisis la paguen quienes más tienen!”, se lee en la gran pancarta sostenida por representantes de asociaciones, colectivos y entidades participantes en la reunión. “La economía se está monopolizando, nos están saqueando”, grita una chica desde megafonía. “Gravamen a las petroleras, gasísticas y eléctricas, también el impuesto a las empresas financieras, el impuesto a las grandes fortunas ¿pagaran algunos estos impuestos?”, pregunta un representante sindical. Capos de la droga y testaferros afincados en la Costa del Sol, Galicia, Mallorca, Alicante y demás localizaciones generalmente portuarias, ¿pagaran la crisis? ¿Pagaran la crisis quienes esconden papeles comprometedores en cajas fuertes bancarias? ¿La pagaran esos clanes que construyeron exclusivas zonas residenciales, campos de golf o macro complejos de diversa índole? Y ¿Qué decir de los emporios empresariales que han tomado por asalto el territorio español contando con las firmas oficiales pertinentes, pagarán algo sustancioso? ¡Pues no! nada de nada. Cotizan allende fronteras. Tampoco arrimaran el hombro las centurias digitales a las órdenes de conglomerados fantasmales, mientras tanto, qué se trasluce de esas chabacanas imágenes de señorías repantingadas en sus escaños, esgrimiendo sonrisitas y gesticulaciones de teatrillo amateur? ¿Psicopatía política? “¡Hay demasiado cantamañanas!”, exclama Ricardo quien puntualiza: “Hay luchas que no son de ombligo, por eso estamos aquí, es importante venir a estas cosas, la única herramienta es este tipo de actos y escuchar, mi padre se calla y me escucha, necesitamos escuchar, abrir la percepción de la realidad de las personas, esta sociedad siempre se centra en lo negativo pero pensamos que puede haber un mundo menos doliente”. ¿Dónde ha quedado ese arte sumamente formativo de la escucha particular y de pueblos indignados? Hay que aprovechar el tiempo que queda antes de que cualquier conversación, manifestación, disidencia oratoria o ideológica y cualquier expresión artísticas se persiga descaradamente o estén bajo el control de la inteligencia artificial y sus humanos hacedores. El profesor de negociación en la Facultad de Derecho de Harvard (EE.UU.) y abogado Roger Fisher escribiría: “El método Harvard”, como se le ha llamado a veces, se centra ante todo en facilitar la comunicación en ambos sentidos (…) abandonan el enfrentamiento y trabajan conjuntamente para satisfacer los intereses de ambas partes. ¿Negociación, participación para triunfar?

Como bien dice Erika: “Hoy en día ya no tenemos tiempo ni para pensar” menos aún para comprometerse. En la distópica película In Time el trabajo humano se convierte en la única forma de conseguir tiempo de vida, finalmente ¿será esa la ecuación? con pobres imprescindibles en economías despóticamente capitalistas trabajando en aquello que “los más afortunados no hacen y que les resultaría manifiestamente desagradable e incluso doloroso (Galbraith)”. Desde Joves Compromís se arguye: “Nosotros confiamos en el poder del pueblo, ¿por qué se benefician los que más tienen?”. Unificación Comunista de España mensajea por megafonía: “Están empobreciendo a la misma clase trabajadora. No lo podemos consentir, que la paguen esos bancos, eléctricas, gasísticas y grandes cadenas de distribución de alimentos. Es necesaria una redistribución de la riqueza, la inmensa mayoría de nuestro pueblo se está empobreciendo”. Ante legítimas demandas reprimir nunca ha sido resolutivo. “El peligro no está en los objetores y en los insumisos; el verdadero riesgo para la paz y la justicia está en los sumisos, en los voluntarios, en los sayones (verdugos) del poder”. Sócrates decía: “Todos los insumisos deben prepararse para una lucha dura y larga. Hasta que, al menos, los insumisos encarcelados dejen su sitio en la cárcel a los corruptos, es decir, a muchos de los que decidieron que la insumisión debía ser encarcelada mientras que la corrupción campaba a sus anchas”, según recoge el magistrado-juez y docente Joaquín Navarro Estevan en el libro Palacio de Injusticia. “Lo más importante es la pluralidad, sin unidad es imposible que hagamos frente a la crisis, esa unidad, por chiquita que sea, es importante, hay que redistribuir la riqueza” esgrime el locutor del acto. ¿Por qué “no ver esas cosas que nos unen”? cuestiona el joven Ricardo, “hay que abolir este ego social, sólo pensamos a través del ego”, el también cineasta lamenta que ese yoísmo lo ha vivido en el entorno cinematográfico, “un colectivo donde siempre entra el ego, nos falta esa abolición masiva del ego” conseguida rajando el caparazón que encapsula a las gentes, un cascarón elaborado con placebos materiales sofocadores de inquietudes, de la corrosiva prisa, de penurias e iniquidad laboral. Ned Ludd (Capitán Ludd) condenaría a principios del siglo diecinueve la industrialización galopante mal implementada, la precarización y el abusivo horario laboral: “Cuando salimos del trabajo ya de noche nuestra capacidad sensorial se encuentra extenuada por la fatiga…No tenemos tiempo para ser sensatos, ni tiempo libre para ser buenos; estamos hundidos, deprimidos, castrados, enervados por el esfuerzo; incapaces de virtud, sin fuerzas para nada que suponga beneficioso para nosotros en el presente o en cualquier periodo futuro”. Acercándose a la concentración una mujer declararía: “Yo duermo en la calle, hay que darnos vivienda y trabajo, la comida está muy cara, no hay derecho a dormir en la calle, ¡somos personas, gitanos, negros! Yo duermo en un campo con cuatro hijos, la gente me rechaza por ser gitana”. En palabras del multicitado Galbraith: “Considerando la vida sórdida a la que está abocada la subclase moderna, sobre todo si se compara con la de la mayoría satisfecha, es asombroso en realidad que el descontento y sus manifestaciones más violentas y agresivas no sean mayores de lo que son”.

Artículo de Opinión – Texto: Ángeles Sanmiguel

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