El fracaso continuado de un régimen heredero del franquismo (con el que la izquierda bien haríamos en romper de una vez por todas) y de sus sucesivos gobiernos han propiciado que un conjunto de actores políticos hayan sabido canalizar el hartazgo de grandes masas de población en un proyecto independentista, que hoy y de manera inconsciente y con ciertas dosis de cobardía (el voto secreto me parece lamentable), termina su camino.

El independentismo, proyecto político en el que desde luego no me sitúo, no es la causa de que España se rompa, sino la consecuencia.

España se rompió cuando el dictador murió en la cama y a eso le sucedió una transición en falso en la que las mismas estructuras de poder, las mismas oligarquías e incluso los mismos políticos (¿recordamos a Fraga, entre tantos otros?) que gestionaban nuestro destino en la dictadura se mantuvieron intactos en ese nuevo régimen maquillado de democracia.

España se rompió cuando los dos principales partidos políticos, que juegan al bipartidismo pero en demasiadas ocasiones coinciden en representar los intereses de las élites económicas, se alinearon para aplicar las mismas medidas neoliberales y echar por tierra los avances sociales que el movimiento obrero había conseguido a lo largo de décadas; se rompió el 23 de agosto de 2011, cuando José Luís Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy se dieron la mano para decidir que había que modificar el artículo 135 de la Constitución (esa que ahora, ¡oh Dios mío!, es inamovible y sagrada) y priorizar el pago de la deuda al gasto social.

España se rompe cuando en plena crisis y con la clase trabajadora sufriendo sus consecuencias y las de las políticas de sus gobiernos, el número de millonarios crece en 50.000 (no me lo invento, datos de Expansión).

No es casual, esto es el resultado de unas políticas concretas que hunden en la miseria a la clase trabajadora mientras favorecen los intereses de los ricos: ni más, ni menos.

La rotura de España tiene muchos apellidos. Uno de ellos es GAL, ¿o pensamos que la represión, la tortura, los presos políticos o incluso el terrorismo de Estado es algo que se haya inventado hace pocas semanas para el tema catalán? ¿De verdad hay alguien tan ingenuo? Otro de ellos es Corrupción. Corrupción generalizada e institucionalizada. Desde la Casa Real hasta los pequeños Ayuntamientos. Corrupción que, por otro lado, no es ajena a Catalunya y sus governs; ellos sabrán con quien caminan.

La desafección con esta España se extiende por todo el territorio, no es algo que se circunscriba a Catalunya. La desafección con una España represora, con gobiernos que derivan cada vez más hacia el autoritarismo, corrupta, una España que no entiende ni integra su pluralidad nacional, que se aferra a símbolos vacíos y al fascismo (ese franquismo sociológico aún tan extendido en 2017) para tratar de sobrevivir, una España anclada en el pasado.

O avanzamos con la mayor celeridad hacia un modelo de Estado libre de reminiscencias fascistas, verdaderamente democrático, y en el que personas y pueblos vean realmente recogidos y defendidos sus legítimos derechos, o el sufrimiento que ocasionará el querer mantener en pie algo que ya está herido de muerte va a ser tremendo, especialmente y particularmente para los trabajadores y trabajadoras.

Daniel Madero

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