Huérfanos como estamos de victorias colectivas propias, se comprende mejor la euforia que se desata cada vez que en otras latitudes una candidatura de izquierdas -así, en general, porque luego hay que ver en qué queda el programa izquierdista en cada caso- derrota en las elecciones a propuestas situadas mucho más a la derecha. Obviamente el ejemplo más reciente lo tenemos con Chile.

A lo largo de los años se han ido sucediendo numerosos procesos de este tipo, principalmente en América Latina pero también en países europeos donde la llegada al gobierno de partidos o coaliciones ligeramente escoradas a la izquierda provocaron arriesgados pronósticos de cambios sociales serios en Francia, Reino Unido, Portugal, Italia, Islandia, etc.

Ni que que decir tiene que la posterior comprobación del poco bagaje transformador de aquellos gobierno del cambio no ha servido para que la gente extremadamente entusiasta modifique su propensión al repentino repicar de campanas cada que vez que se produce uno de estos resultados electorales. Poco a poco se va perdiendo la esperanza en esos líderes que defraudan tan elevadas expectativas, pero lejos de reflexionar sobre lo sucedido y sus razones lo que se hace es quedar a la espera de que, más pronto que tarde, surja otro lejano referente en el que depositar nuestras ilusiones revolucionarias.

Por supuesto que asegurar que todos los procesos van a acabar traicionados sería tan absurdo como creer que el próximo va a ser el bueno, el definitivo. Lo más sensato, sabiendo que nadie está en posesión de la verdad, sería ir analizando los pasos que se dan en la buena dirección por esos gobiernos, conocer lo más directamente que se pueda la participación y el grado de satisfacción de los respectivos pueblos e ir modificando o afianzando nuestras valoraciones según se cumplan los progamas.

Tampoco tener una opinión razonablemente crítica respecto a los gobiernos de un ligero tono socialista o popular puede ser tomado desde las posiciones incondicionales como una beligerancia o un alineamiento junto a las fuerzas reaccionarios y los intereses de las burguesías locales y el capitalismo internacional. Nada de eso. Criticar con argumentos y análisis rigurosos puede ser más consecuente con las ideas revolucionarias que callarse porque son de los nuestros y aceptar sus renuncias ya que no pueden hacer otra cosa.

Volviendo a Chile, cuyo proceso de cambio puede tener aspectos diferentes al iniciado y no concluido en otros países latinoamericanos, habría que decir que tiene unos condicionantes que lo hacen especialmente digno de seguimiento y apoyo. La primera circunstancia esperanzadora es el grado de implicación del propio pueblo: clase trabajadora, estudiantes, mujeres, pueblos indígenas, etc. con una larga trayectoria de luchas contra la dictadura y los gobiernos neoliberales que la sucedieron.

En Chile existe una tradición de asambleas y organizaciones populares que ha ideo creando un tejido social capaz de abrir las puertas a un proceso de debates para redactar, desde la propia sociedad, una nueva constitución. También hay numerosos exponentes de procesos de índole autogestionario en los barrios y entre los jóvenes, lo que asegura un mayor grado de compromiso de lucha y de control y exigencias a la clase política.

Son estas prácticas asociativas y de autogestión las mejores garantías de que los posibles incumplimientos del nuevo gobierno serán contestados en la calle. Y será muy necesaria la presión en la calle porque Gabriel Boric, si va en serio, no lo va a tener nada fácil; hay casi un 45% que ha votado al candidato de las derechas (incluida la extrema) y también existe un empresariado que sigue las indicaciones de lo más ultracapitalista de la escuela de Chicago (pensiones privadas, recortes de servicios públicos, privatizaciones, etcétera).

Y desde aquí, si de verdad queremos cambiar las reglas de juego, además de simpatizar con Chile y otros pueblos que luchan, lo que tenemos que hacer es salir del conformismo, el desencanto y el miedo e implicarnos bastante más en las luchas que tenemos aquí, que son muchas y tan vitales como las que compañeros y compañeras de otros lugares llevan a cabo.

Antonio Pérez Collado

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